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Marsella  - Enero 15 de 1941.

Por: Arantzazu Amezaga iribarren

Marsella: 5 de la tarde. Zarpa un barco, Alsina, de 11mil toneladas, cobijado por un convoy. Debía sortear las minas y los submarinos nazis que pululaban por el Mediterráneo. Era un buque mercante con destino a América, y escalas en Orán y Dakar.

A bordo iba un grupo de pasajeros que, como un triunfo, consiguió acceder al barco. Los rígidos controles aduaneros, la petición de papeleo por parte de la gendarmería francesa, sumado al control de la Gestapo, y de las persistentes tentativas de la Embajada de España que, desde París, intentó impedir la salida de una gente que escapaba por el temor real de lo que pudiera sucederle en Francia: El presidente Companys, secuestrado un 13 de agosto por la policía militar alemana, fue entregado a Franco y fusilado en Montjïc a la mañana del 15 de octubre de 1940.

Los pasajeros sumaban tres nacionalidades, en ese momento la escoria de la tierra: bestias rojas, masones, rojos, separatistas, judíos, así fueron nombrados. Los judíos (checos, polacos, belgas, alemanes, etc.) que a partir de las Leyes de Nuremberg, 1935, estaban inscritos en el catalogo de raza inferior junto a gitanos y homosexuales, estaban expuestos a persecución y apropiación de bienes. Ya hablaban de los campos de exterminio. Un grupo de republicanos españoles a cuya cabeza iba el ex presidente de la 2º Republica, Niceto Alcalá Zamora, y un tercer grupo de vascos a cuyo frente, como portavoz, estaba Telesforo Monzon, Consejero de Interior del Gobierno de Agirre. 

Aunque quisiera detallar a todos los pasajeros, destacaré a los dos escritores de Algorta, Tellagorri (José Olivares Larrondo) y Bingen Ametzaga Aresti, con sus esposas, la hermana del Lehendakari Agirre, Ma. Teresa y su familia, Francisco Basterrtxea, diputado del PNV en Madrid, con su esposa e hijos, entre ellos el joven Néstor de 16 años, Heliodoro La Torre Consejero de Hacienda del  gobierno de Agirre, Lucio Aretxabaleta, famoso actor aficionado que encarnó el Pedro Mari de Campion en los Batzokis de Bizkaia y Gipuzkoa, con su familia, luego oficiaría de Delegado del Gobierno Vasco en Venezuela, Luis Bilbao y su familia, médico en La Rosaire, el hospital del Gobierno Vasco en Lapurdi y, ya en Venezuela, médico del grupo vasco, reconocida su labor por  la colectividad venezolana. En tierra quedó, detenido por las autoridades, Pikabea, director del Diario Vasco. Me imagino su sufrimiento al ver partir el barco del espigón No. 7 del puerto de Marsella, en aquella tarde negra de Europa.

Anunciada la posible salida del barco para noviembre, muchos de ellos concurrieron a Marsella, y allí malvivieron hasta su partida. Llevaban como medio de identificación un pasaporte verde expedido por el Gobierno de Euzkadi. Escucharon el mensaje de Gabon, por radios clandestinas, del desaparecido Lehendakari. Nadie sabía dónde estaba desde el desastre de Dunkerque, en mayo del 40.  El mensaje, optimista como todos los suyos, en medio de semejante refriega, pedía por la unidad de los vascos, animándolos a seguir en la tarea, confiando en la victoria aliada, aún nada segura.

El barco navegó un tiempo en aguas jurisdiccionales españolas, pasando por Gibraltar (despertando en Alcalá Zamora notables sentimientos patrióticos) y en los demás, miedo, y llegó, según lo previsto, a Dakar, en enero 27. Habían sorteado en el Atlántico, a la temida Jauría de Lobos, los submarinos alemanes de los que Churchill afirmo temer más que a los aviones, y entraron el puerto africano tras abrirse la compuerta antisubmarinos, y ver lo que restaba del buque insignia de la Marina Francesa, el Richelieu, torpedeado por los ingleses.

Los pasajeros recibían el sol del trópico por primera vez. El joven Basterretxea pintaba ya sus emociones. Monzón, Ametzaga y Tellagorri escribían, los dos primeros poemas en euskara, expresando sus sentimientos que, al principio, fueron de esperanza, aunque siempre teñidos de la tristeza por tener que abandonar lo suyo, por ser calumniados y perseguidos por los totalitarismos. Pero la escala en Dakar duró 128 días. Al Alsina, con bandera francesa, Gran Bretaña le negó permiso de navegación atlántica, y sus pasajeros, finalmente, fueron a parar a campos de concentración en los linderos del Atlas. En esas condiciones, más que angustiosas, sin validez ninguna excepto para la Republica Argentina que ampara al grupo vasco, deberán esperar hasta finales de octubre, para zarpar a América a bordo de un barco portugués, QUANZA.

Vale recordar la fecha de esta historia de hace setenta años. Soy hija de Ametzaga y conocí a todos los demás del grupo vasco que he nombrado. Cuando cada uno de ellos hablaba del ALSINA lo hacía con un afecto particular del que ha superado la prueba más difícil y ha llegado a buen puerto, pese a ello. Alcalá Zamora en sus memorias del viaje no puede sino elogiarlos por mantener intacto su ideario, fuerte su voluntad, persistente el ánimo en semejante maremágnum mundial.